Categorías
Relatos Sin categoría

Gotas universales

La oscuridad de aquella noche lo inundaba todo, ni siquiera los anaranjados haces de luz de sodio que lanzaban las farolas de aquella calle peatonal conseguían iluminar el suelo. El suelo, el mismo suelo que pisaban mis pies, luchaba por encajar cada golpe lleno de rabia que la lluvia arremetía contra él, como si aquella lluvia quisiera vengarse de lo que me estaba sucediendo.

Quizás era yo el que tuviese esa rabia, por no saber qué me estaba ocurriendo, por no comprender el motivo por el que el mundo se había vuelto loco, o quizás no, quizás era todo tal y como debía ser. A mi lado camina Daniel, aguantando mi paso ligero, o mejor aún, aguantándome a mí. Daniel, el más fiel compañero de inolvidables y agotadoras aventuras. Caminamos rápido, casi como corriendo, pero no hay prisa. No vamos a ningún lado, no vamos al encuentro de nadie, no tenemos horario alguno que cumplir, la única razón de caminar rápido es alejarnos de todo aquello, de huir, de buscar refugio en algún sitio.

Quizás aquella lluvia no caía con rabia alguna y su propósito era más el de acariciar. El de acariciar la piel de alguna joven pareja, con el fin de darles una excusa para juntarse, aún más, y sonreírse.

Quizás mitad y mitad. Quizás mitad rabia y mitad ternura. Quizás no había una sola verdad, aunque pensándolo bien, aquella noche había dejado claro no había una verdad, sino un conjunto irreal de ellas.

Gota tras gota, como si fuesen cientos de segunderos cayendo a mi alrededor, empiezan a aparecer algunas respuestas en mi cabeza, pero se desvanecen a los pocos segundos de una forma mucho más caótica de la que han llegado.

El agua que impacta en mi pantalón tras pisar un charco me hace recordar que Daniel me está acompañando. Todavía no tengo muy claro por qué le he mandado un mensaje, y mientras pienso en el motivo, también me doy cuenta de que aún no he intercambiado una sola palabra con él. Había quedado con él delante del portal de siempre, en el puro corazón de la ciudad la noche de un sábado, en el centro de la zona más bulliciosa de la ciudad. Él me estaba esperando y supongo que al ver mi cara y la velocidad de mis pasos decidió seguirme, sin preguntar, sin importarle a dónde me dirigía, o si tenía destino alguno en realidad.

Pasamos delante de los pubs y discotecas más concurridas de la ciudad. Muchos jóvenes se agolpan en las puertas sin imaginarse de lo que puede ocurrirles en apenas unas horas, o unos días. Qué pena que el ser humano sea incapaz de aprender de lo que les dicen los demás, qué pena que no hagamos caso de algo hasta que la vida nos da una paliza para que aprendamos sobre ello.

La lluvia sigue golpeando incesante. Los truenos resuenan entre las paredes de los edificios de esa calle, como si estuviesen disparando cañones de artillería a apenas unos centímetros de mí. Quizás sea eso, quizás estén disparando cañones y los esté confundiendo con el sonido de los truenos. Quizás estén rindiendo tributo a los caídos, quizás estén disparando para honrarnos.

Quiero parar, quiero dejar de correr, quiero despertar, quiero que esta pesadilla se acabe. Decido que es momento de forzarme a despertar, que es momento de reiniciar.

Mi paso ligero es propicio para ello. Sí. Es momento de parar. Sin relajar la velocidad de mi paso me dejo caer hacia atrás, el sonido del golpe se mezcla y confunde con los truenos. Y a pesar del golpe, no siento dolor. No más dolor del que ya tengo.

Estoy tirado en el suelo, y la lluvia me golpea en la cara. Seguramente ahora aparezca desde una esquina del final de la calle un soldado, con el fusil y bayoneta en mano. Seguramente se acerque a mí corriendo mientras la lluvia golpea su uniforme. Que ponga fin a este sufrimiento… Que acabe todo de una maldita vez…

Daniel se acerca para levantarme, pero rechazo su ayuda. Su cara deja entrever que ya sabe que no me he resbalado, y que esa caída no ha sido un accidente. A pesar de mi negativa me coge y mientras me levanta me lanza una pregunta a la que no puedo responder más que asintiendo y confirmando sus sospechas. “¿Julia? Ya te dije que te olvidaras de ella”.

Le cojo por el hombro y él empieza a caminar. No sé a dónde quiere ir, ni se lo voy a preguntar. Hoy, simplemente, voy a seguirle.

Ha dejado de llover.