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Convoy en El Estrecho

El oficial se apoyó contra el respaldo de la silla, abrió los brazos y soltó un «¡A la mierda!». ¡Qué manera de autorizar una operación! Dos fragatas acompañarían a un convoy de buques mercantes mientras cruzaban El Estrecho. No hacerlo no representaba problema alguno, hacerlo tampoco.

Carcajadas entre el resto del personal de la flota por una demostración de fuerza a unos mercenarios de pacotilla; Carcajadas entre los mercenarios por traicionar a uno de los suyos.

Y en el Alto Mando, silencio. Una promesa incumplida y varios procedimientos a la basura porque un ignorante ha quedado atrapado en un fuego cruzado creado por él mismo. «Al menos no lo hemos comenzado nosotros» dijo apesumbrado, para dar por finalizada la reunión, el oficial.

Culpas

No era culpa de los carruajes que se encontraban en llamas; ni de los estandartes rotos.

No era culpa de las lágrimas que caían mientras las manos sentenciaban el sentido de las ruedas; y los pies, la rapidez de la huida.

El periódico

El hombre esbozó una sonrisa al ver a su mujer en la puerta. Le dio un beso en la mejilla, entró en la casa y fue a la cocina. Eran ya 40 años de matrimonio. Dejó el periódico sobre la mesa y volvió a la puerta. Él también sonreía al ver a todos aquellos veinteañeros irse de su pequeño pueblo con aquellas caras de felicidad y cansancio. Maldita sea, ellos se habían conocido con esa edad y en aquellos tiempos no se hacían estas locuras. Mientras los jóvenes montaban en el bus, la mujer le pregunta por el titular del periódico. Él vuelve a sonreír y le responde: «Otro capítulo ha sido escrito».

La Calle

Ciertamente la calle estaba vacía.
Aunque las almas que abarrotaban aquella silenciosa calle, tras las persianas de sus respectivos pisos, hacían que se sintiera acompañado.
El sol caía a plomo.

¿Y si ese asfalto ya nunca se enfriara a la luz de la luna?
¿Y si esas persianas ya nunca fueran subidas?

¿Y si ya nadie paseara por estas aceras?
¿Y si ya nadie esperara en aquél portal?
¿Y si ya nadie esperara en esa parada de bus?

¿Y si ya no recibiera una llamada?
¿Y si ya no gritara su nombre?
¿Y si ya no giraran las ruedas sobre ese asfalto?

¿Y si ya nadie observara los escaparates?
¿Y si ya nadie…?

Y si…
Y si…
Y si…

Y si ya nadie se levantara.
Y si ya no se volviera a abrir nunca más una puerta.

Cabeza de tren

Está sentada al lado de la ventana.
Viendo el Sol salir de entre las montañas.
Está viendo a la brisa mover los árboles.
Y tú vuelves a estar sentado enfrente.

Y no puedes evitar mirarla cada vez que se acaricia el pelo.
Y no puedes evitar sonreír cada vez que sonríe.
Y no puedes evitar que tus ojos brillen cada vez que el Sol se refleja en los suyos.
Y te preguntas por qué te pasa eso. Qué has visto en ella.

Estás perdido, amigo mío.

Cristaleras

El joven reportero traspasaba las puertas del edificio en el que trabajaría desde ese día. El responsable de contrataciones de la agencia le guiaba hasta su planta, mientras tanto, los rayos del sol atravesaban la cristalera de la entrada.

-¿Sabes joven? Hay gente que ama madrugar. Se despiertan olfateando la mañana buscando pistas hacia algo que se deba hacer. Abren la ventana y dejan que los primeros rayos les iluminen el inicio de algún camino. Pero la mayoría frustran su ímpetu con el paso de la horas.

Y hay gente que ama la noche. Se quedan en guardia, vigilantes. Son los que dan la alerta mientras el resto duerme. Y los mejores, son los que ponen las primeras piedras del camino que recorrerán los madrugadores.

Deberás decidir qué quieres hacer. Pero decidas los que decidas, es posible que no sepas a quién ayudas o quién te ayuda. Sólo el paso del tiempo hará que se despeje la niebla del desconocimiento. Y si lo consigues, serás un hombre clave.

Si no lo haces, habrás malgastado tu tiempo.

Ciudades grises

En una noche silenciosa, un tren cruzaba la frontera mientras una niña apoyaba su nariz contra el cristal y veía a su ciudad caer bajo las bombas.

Y entre los rascacielos, una joven pareja corría calle abajo, cogida de la mano. Buscando otro refugio, uno que no fuera su corazón. Y en medio de aquella búsqueda, a sus espaldas, los edificios se derrumbaban.

Operación Kasiluva

En un pueblo perdido entre montañas, hay un imbécil corriendo entre soportales.
Le persigue el foco de un helicóptero desde el que, al menor movimiento, tiran de ametralladora.

¿Pero es qué no ve ese imbécil que saben dónde está por el reflejo de su bayoneta?
Encima se ha puesto a correr hacia la posición de su francotirador.
¡Qué tire al suelo su fusil de una puta vez!
Su propio francotirador le apunta, no quiere que le delate.

La vanguardia desaparecida. La retaguardia estallando de risa. Y el flanco derecho se ha liado a balazos con fantasmas.
El flanco izquierdo sigue en su sitio. Desconcertado.

Mensajes inquietos

El mensaje llegó inquieto, como un cachorro. Pero sólo aquél silencio podía acallarle y hacerle observar. Unos ojos cansados lo leían, sin provocar aquella lectura un sólo movimiento en su cara.

Aquello asustó al cachorro y huyó por la portilla de la finca, que estaba abierta.

Horas más tarde, un vecino del pueblo lo encontró en la carretera.

Lo habían atropellado.

Miradas nocturnas

Quizás él había comprendido algo ininteligible en aquella mirada de su amigo.
Quizás era algo que le había quedado pendiente.

Sea como fuere, había sido un comentario lacerado.
Tuvo que pasar un rato, para que se notase un pinchazo bajo la clavícula izquierda. Justo un palmo debajo.

Hubiese sido deseable que el balazo hubiese sido limpio; pero la bala había quedado atrapa en el corazón, luchando.
Irremediablemente, la única forma de finalizar aquella lucha era recurrir al olvido.

Lo que había hecho su amigo era como entrar en un edificio gritando. Su edificio. Su cabeza. Su mente. La primera reacción: Ignorar. Después alguien de un mostrador de recepción recordó haber leído algo parecido en algún informe. Pero era tarde, la sangre del que gritaba en medio del Hall ya teñía el suelo.

Carreras escaleras arriba, hacia algún despacho. A ver si alguien sabía como silenciar aquello. No importaba el motivo. O la ausencia de ellos.

La chica volvía a dirigir su mirada hacia los que le hablaban.