Archivo del Autor: Luis

Cristaleras

El joven reportero traspasaba las puertas del edificio en el que trabajaría desde ese día. El responsable de contrataciones de la agencia le guiaba hasta su planta, mientras tanto, los rayos del sol atravesaban la cristalera de la entrada.

-¿Sabes joven? Hay gente que ama madrugar. Se despiertan olfateando la mañana buscando pistas hacia algo que se deba hacer. Abren la ventana y dejan que los primeros rayos les iluminen el inicio de algún camino. Pero la mayoría frustran su ímpetu con el paso de la horas.

Y hay gente que ama la noche. Se quedan en guardia, vigilantes. Son los que dan la alerta mientras el resto duerme. Y los mejores, son los que ponen las primeras piedras del camino que recorrerán los madrugadores.

Deberás decidir qué quieres hacer. Pero decidas los que decidas, es posible que no sepas a quién ayudas o quién te ayuda. Sólo el paso del tiempo hará que se despeje la niebla del desconocimiento. Y si lo consigues, serás un hombre clave.

Si no lo haces, habrás malgastado tu tiempo.

Ciudades grises

En una noche silenciosa, un tren cruzaba la frontera mientras una niña apoyaba su nariz contra el cristal y veía a su ciudad caer bajo las bombas.

Y entre los rascacielos, una joven pareja corría calle abajo, cogida de la mano. Buscando otro refugio, uno que no fuera su corazón. Y en medio de aquella búsqueda, a sus espaldas, los edificios se derrumbaban.

Operación Kasiluva

En un pueblo perdido entre montañas, hay un imbécil corriendo entre soportales.
Le persigue el foco de un helicóptero desde el que, al menor movimiento, tiran de ametralladora.

¿Pero es qué no ve ese imbécil que saben dónde está por el reflejo de su bayoneta?
Encima se ha puesto a correr hacia la posición de su francotirador.
¡Qué tire al suelo su fusil de una puta vez!
Su propio francotirador le apunta, no quiere que le delate.

La vanguardia desaparecida. La retaguardia estallando de risa. Y el flanco derecho se ha liado a balazos con fantasmas.
El flanco izquierdo sigue en su sitio. Desconcertado.

Mensajes inquietos

El mensaje llegó inquieto, como un cachorro. Pero sólo aquél silencio podía acallarle y hacerle observar. Unos ojos cansados lo leían, sin provocar aquella lectura un sólo movimiento en su cara.

Aquello asustó al cachorro y huyó por la portilla de la finca, que estaba abierta.

Horas más tarde, un vecino del pueblo lo encontró en la carretera.

Lo habían atropellado.

Miradas nocturnas

Quizás él había comprendido algo ininteligible en aquella mirada de su amigo.
Quizás era algo que le había quedado pendiente.

Sea como fuere, había sido un comentario lacerado.
Tuvo que pasar un rato, para que se notase un pinchazo bajo la clavícula izquierda. Justo un palmo debajo.

Hubiese sido deseable que el balazo hubiese sido limpio; pero la bala había quedado atrapa en el corazón, luchando.
Irremediablemente, la única forma de finalizar aquella lucha era recurrir al olvido.

Lo que había hecho su amigo era como entrar en un edificio gritando. Su edificio. Su cabeza. Su mente. La primera reacción: Ignorar. Después alguien de un mostrador de recepción recordó haber leído algo parecido en algún informe. Pero era tarde, la sangre del que gritaba en medio del Hall ya teñía el suelo.

Carreras escaleras arriba, hacia algún despacho. A ver si alguien sabía como silenciar aquello. No importaba el motivo. O la ausencia de ellos.

La chica volvía a dirigir su mirada hacia los que le hablaban.

Vida urbana

Mientras tanto, en una oficina vacía e inexistente, alguien firma un folio en blanco. Agazapado tras un maletín. A la espera de una llamada.

Anochece en la gran ciudad. En un barrio de las afueras el sonido de un coche de policía entra en un apartamento. En el silencio de la soledad, se oye a un grupo de chicas reírse justo debajo de la ventana.

Sea pues reflejada la sociedad. Un día caerán los rascacielos que albergan nuestros destinos. Pero que sea otro día.

Se debe caer ante los sueños. No desesperen. O sí. Depende de lo que quieran ser.

Y la oscuridad entra por la ventana posándose sobre los papeles. Tras la última línea, la libertad de tus ojos.

El desconocido encapuchado

Ciertamente, el futuro es influenciado por el pasado. No sólo eso, el futuro es dominado por el pasado, es poseído por él.

Es por ello necesario ser ducho en el arte de la interpretación del motivo por el que la rueda del destino sigue girando.

Oscurantismo que dominaba las palabras del presente. Y una mirada de súplica al desconocido encapuchado que miraba compasivo como lanzaban una horda sobre él.

Una horda. Pobres ignorantes. Qué insignificante era todo aquello.

La balanza de Osiris

«And If I just mind wake up alone…»

-Entonces… ¿Comprendes que no luchar por mí te desgastará hasta que te consideres derrotado antes de empezar? ¿Y qué si luchas, serás rechazado y derrotado? ¿Por qué no me olvidas antes, si quiera, de querer recordarme?

-Ante una pérdida inminente… ¿No es lo habitual intentar obtener la derrota menos dañina?

-¿Qué vas a hacer, pues?

– Dado que luchar hasta el final es malgastar fuerzas y prolongar la derrota, lo conveniente es reagrupar al contingente y lanzar un ataque, directo a tu corazón.

-¿Y cuando mi cabeza te rechace y seas derrotado?

-No importará. Pues a esas alturas seré imbatible si me muevo rápido y evito una emboscada.

-Pero habrás perdido la batalla.

-Tú misma has dicho que la batalla está perdida antes de empezar. Una batalla perdida no implica perder un frente. Un frente perdido no implica perder la guerra.

-¿Sufrirá tu corazón?

-El peso de su importancia a la hora de decidir la estrategia debe ser menor que el de una pluma. De lo contrario, seré masacrado.

-No me has respondido.

-Ya sabes la respuesta. Eres tú la que me está obligando a movilizar a las tropas.

Corazón vs Nada

Un silencio estremecedor que hacía un corazón llorar de desesperación, mientras buscaba a su alrededor algo más que la Nada que le rodeaba. Una Nada incierta, que se presentaba como un futuro oscuro, como un mañana sin esperanza. Y lo que impedía a aquél corazón salir corriendo de aquella Nada, era el miedo. El miedo a que la Nada sólo albergara más Nada, más silencio. Y aquél silencio, lloraba.